jueves, 28 de agosto de 2014

QUÉ QUIEREN LOS SAPOS

Sapos amarillos a mi alrededor.
Todos comiendo su mosca.
Me dicen que Jesucristo anda por aquí.
Soy una pirómana que se empeña en quedarse sola
- quemarlos a todos.

Me dicen que hay otros pirómanos como yo.
Yo los conozco pero no son coherentes.
Ellos no están equivocados.
Yo tampoco sé cómo empezar a prender fuego.

No quiero comer sus moscas.
No quiero ahogarme en su humo.
Cada uno recita su mantra.
Yo aún no sé cuál es el mío.

Los sapos amarillos dicen ser felices.
¿Quiero comer sus moscas?
Es muy “bonito” para ellos, no para mí.

Tengo que esperar al hombre de manos translúcidas.
O ¿tengo que esperar a que mis manos sean translúcidas?
¡Alguien va a salvarme!
O ¿tengo que salvar a alguien?

Los sapos ya ni me miran.
Menos que a una mosca.
Tengo que alcanzar esas manos.
Tengo mi bolsillo lleno de oro.
Si cierro la mano atrapo todas las moscas.
Y los sapos amarillos se mueren.

Puedo arrancarme las dagas de los costados,
la del pulmón y las de la espalda.
Pero se llenarían de moscas.
Y yo seré otro de ellos
- otro sapo amarillo.

Ellos tienen el control.
Y me dicen que Jesucristo anda por ahí
- escapándose de las moscas.

En el sitio más oscuro no hay moscas.
Ni sapos amarillos.
En el sitio más oscuro no hay nada.
Allí sólo estamos los pirómanos.
Cada uno recitando su mantra.
Pero yo todavía no sé cuál es el mío.

Un señor de ojos púrpura me llama.
Dice saber cómo acabar con las moscas,
Pero no sabe cómo acabar con los sapos.
“Si no hay moscas, no hay sapos”- digo.
Y me responde:
“Los sapos no están aquí por las moscas”

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