jueves, 27 de septiembre de 2012

INDEFENSIÓN APRENDIDA Y CAPITAL


Hace alrededor de 20 años, aprendí uno de los conceptos básicos de la Psicología, la carrera universitaria que, erróneamente, estudié por recomendación de mis profesores ya que mi vocación real, la filosofía, no contaba con salidas laborales - aseguraban. Dicho concepto se llama “INDEFENSIÓN APRENDIDA” y explica muchos de los trastornos que sufrimos los seres no sólo humanos sino los seres vivos en general.

Hace unos meses empecé a pensar que el estado español estaba sufriendo semejante mal, pero creí que era sólo una ‘paranoia’ mía. Meses después, el prólogo de la circular bimensual que recibo del COPG (Colegio Oficial de Psicólogos de Galicia), aseguraba que ese mal nos azota sin piedad en estos tiempos de crisis. ¡Vaya! Mi presunción era compartida por mi gremio por primera vez en mi vida - creo.

Tras los últimos acontecimientos terroríficos (sí, terroríficos, de esos que nos hacen retroceder 50 años atrás en derechos y libertades) que han sacudido la sociedad y la política de nuestro estado, decidí buscar en Google información sobre la conexión entre el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos ante tal situación y la INDEFENSIÓN APRENDIDA. Podría decir que quedé sorprendida ante semejante avalancha de artículos sobre la relación entre ambos, pero verdaderamente era de esperar. Imposible que yo fuera la única persona en darse cuenta de que, a fuerza de que las clases  dominantes nos tratasen como Seligman trató a sus perros de laboratorio, el resultado no fuera el mismo.

Para resumir y simplificar al máximo este experimento que, seguramente, la mayoría de vosotros ya conocéis, contaré que Seligman hizo más o menos lo siguiente:

- Cuando los perros de su laboratorio se comportaban de una manera desagradable o no deseada, recibían como castigo una descarga eléctrica.

- Cuando los perros de su laboratorio obraban según el patrón esperado y deseable, i.e., se portaban bien, recibían un refuerzo positivo – una recompensa o estímulo agradable – o bien una retirada del castigo.

Así, consiguió que los perros aprendieran a controlar las consecuencias de su conducta: si lo hago de esta forma recibo un premio y si no lo hago o hago lo contrario recibo un castigo, luego me esforzaré en hacer lo que me conviene para mi propio interés, bienestar e integridad física. Ellos mismos podían controlar las consecuencias de sus actos.

- Seligman decidió entonces aplicar a los perros descargas al azar, independientemente de su comportamiento. Tanto si hacían lo que se esperaba de ellos como si no, recibían descargas eléctricas de forma aleatoria. Hiciesen lo que hiciesen, recibirían descargas eléctricas independientemente de su conducta.

De esta manera, los perros aprendieron que, hicieran lo que hicieran, se esforzaran o no, se portaran bien o no, el castigo llegaría en cualquier momento sin que pudieran hacer nada para evitarlo. Las consecuencias de sus actos ya no estaban en sus manos, el castigo era inevitable. Los perros cayeron en lo que conocemos como “depresión” y dejaron de intervenir para decidir su bienestar. Dejaron de intentar absolutamente nada y quedaron sumidos en un estado de apatía, indiferencia, desidia, pasividad, inapetencia y profunda tristeza.

Bien. Ahora recuerdo los años de transición, en los que yo era bien chiquita pero suficientemente lúcida como para comprender lo que pasaba en mi casa, en mi pueblo, a mi alrededor… El estado español todavía dependía en su mayor parte de los políticos y todavía no estábamos bajo el pulgar de las agencias de calificación, las multinacionales, los banqueros, etc. Mi padre se manifestaba con virulencia junto a sus compañeros de los astilleros y a base de palos, tiros, muertos – no señores, no, no hubo sentadas pacíficas, ni 15-M, ni personas con rastas,  ni aplausos sordos en aquellos tiempos – consiguieron buena parte de los derechos que hasta hace unos meses teníamos.

Hace unos días mi padre me dijo, resignado: “Yo ya no voy a manifestaciones ni protesto por nada, que ya corrí y pelee mucho cuando era joven. Pero hoy si peleáis contra las ‘fuerzas del orden’, si os movilizáis, si gritáis, si protestáis… no conseguiréis nada. Ahora sólo sois vándalos destrozando mobiliario urbano. No conseguiréis nada. La derecha es ultra-derecha y la izquierda apenas existe, todos son iguales, todos tienen las manos pringadas. Para conseguir algo tendríamos que ser como Islandia”.

Huelga decir que un estado donde “el toro de la Vega” es legal e incluso ‘venerable’, no puede llegar ni a la suela de los zapatos de Islandia.

Huelga decir que mi padre, que sabe mucho sobre la lucha obrera, padece de INDEFENSIÓN APRENDIDA.

Y casi huelga decir que, como los perros de Seligman, las consecuencias de nuestros actos están muy lejos de nuestro control. Hagamos lo que hagamos, el enemigo ya no es el político de turno (aunque los hay malos y peores) sino el sistema capitalista y la propia naturaleza del hombre. No creo que sea necesario explicar más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario