Hace alrededor de 20
años, aprendí uno de los conceptos básicos de la Psicología, la carrera
universitaria que, erróneamente, estudié por recomendación de mis profesores ya
que mi vocación real, la filosofía, no contaba con salidas laborales - aseguraban.
Dicho concepto se llama “INDEFENSIÓN APRENDIDA” y explica muchos de los
trastornos que sufrimos los seres no sólo humanos sino los seres vivos en
general.
Hace unos meses empecé a
pensar que el estado español estaba sufriendo semejante mal, pero creí que era
sólo una ‘paranoia’ mía. Meses después, el prólogo de la circular bimensual que
recibo del COPG (Colegio Oficial de Psicólogos de Galicia), aseguraba que ese
mal nos azota sin piedad en estos tiempos de crisis. ¡Vaya! Mi presunción era
compartida por mi gremio por primera vez en mi vida - creo.
Tras los últimos
acontecimientos terroríficos (sí, terroríficos, de esos que nos hacen
retroceder 50 años atrás en derechos y libertades) que han sacudido la sociedad
y la política de nuestro estado, decidí buscar en Google información sobre la conexión
entre el sentimiento de la mayoría de los ciudadanos ante tal situación y la
INDEFENSIÓN APRENDIDA. Podría decir que quedé sorprendida ante semejante avalancha
de artículos sobre la relación entre ambos, pero verdaderamente era de esperar.
Imposible que yo fuera la única persona en darse cuenta de que, a fuerza de que
las clases dominantes nos tratasen como
Seligman trató a sus perros de laboratorio, el resultado no fuera el mismo.
Para resumir y
simplificar al máximo este experimento que, seguramente, la mayoría de vosotros
ya conocéis, contaré que Seligman hizo más o menos lo siguiente:
- Cuando los perros de su
laboratorio se comportaban de una manera desagradable o no deseada, recibían
como castigo una descarga eléctrica.
- Cuando los perros de su
laboratorio obraban según el patrón esperado y deseable, i.e., se portaban bien,
recibían un refuerzo positivo – una recompensa o estímulo agradable – o bien
una retirada del castigo.
- Seligman decidió
entonces aplicar a los perros descargas al azar, independientemente de su
comportamiento. Tanto si hacían lo que se esperaba de ellos como si no,
recibían descargas eléctricas de forma aleatoria. Hiciesen lo que hiciesen,
recibirían descargas eléctricas independientemente de su conducta.
De esta manera, los
perros aprendieron que, hicieran lo que hicieran, se esforzaran o no, se portaran
bien o no, el castigo llegaría en cualquier momento sin que pudieran hacer nada
para evitarlo. Las consecuencias de sus actos ya no estaban en sus manos, el
castigo era inevitable. Los perros cayeron en lo que conocemos como “depresión”
y dejaron de intervenir para decidir su bienestar. Dejaron de intentar
absolutamente nada y quedaron sumidos en un estado de apatía, indiferencia, desidia,
pasividad, inapetencia y profunda tristeza.
Bien. Ahora recuerdo los
años de transición, en los que yo era bien chiquita pero suficientemente lúcida
como para comprender lo que pasaba en mi casa, en mi pueblo, a mi alrededor… El
estado español todavía dependía en su mayor parte de los políticos y todavía no
estábamos bajo el pulgar de las agencias de calificación, las multinacionales,
los banqueros, etc. Mi padre se manifestaba con virulencia junto a sus
compañeros de los astilleros y a base de palos, tiros, muertos – no señores,
no, no hubo sentadas pacíficas, ni 15-M, ni personas con rastas, ni aplausos sordos en aquellos tiempos –
consiguieron buena parte de los derechos que hasta hace unos meses teníamos.
Hace unos días mi padre
me dijo, resignado: “Yo ya no voy a manifestaciones ni protesto por nada, que
ya corrí y pelee mucho cuando era joven. Pero hoy si peleáis contra las ‘fuerzas
del orden’, si os movilizáis, si gritáis, si protestáis… no conseguiréis nada.
Ahora sólo sois vándalos destrozando mobiliario urbano. No conseguiréis nada.
La derecha es ultra-derecha y la izquierda apenas existe, todos son iguales,
todos tienen las manos pringadas. Para conseguir algo tendríamos que ser como
Islandia”.
Huelga decir que un
estado donde “el toro de la Vega” es legal e incluso ‘venerable’, no puede
llegar ni a la suela de los zapatos de Islandia.
Huelga decir que mi
padre, que sabe mucho sobre la lucha obrera, padece de INDEFENSIÓN APRENDIDA.
Y casi huelga decir que,
como los perros de Seligman, las consecuencias de nuestros actos están muy
lejos de nuestro control. Hagamos lo que hagamos, el enemigo ya no es el
político de turno (aunque los hay malos y peores) sino el sistema capitalista y
la propia naturaleza del hombre. No creo que sea necesario explicar más.

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